El calendario de la ONU marca hoy el Día Internacional de la Traducción, una fecha elegida a propósito: coincide con el aniversario de la muerte de Jerónimo de Estridón, ocurrida en el año 420. Jerónimo dedicó buena parte de su vida a una tarea que pocos habrían tenido la paciencia de completar: traducir toda la Biblia, del hebreo y del griego originales, a un latín que cualquier persona del imperio romano pudiera entender.
Esa traducción, conocida después como la Vulgata, se convirtió durante más de mil años en el texto bíblico más leído de la historia occidental. Jerónimo trabajó gran parte de ese proyecto encerrado cerca de Belén, cotejando manuscritos, discutiendo por carta con otros eruditos, corrigiendo una y otra vez lo que ya creía terminado. No lo hizo por encargo de nadie poderoso; lo hizo porque creía que la gente común merecía leer la Palabra en su propio idioma, no solo escucharla de boca de un experto.
Dieciséis siglos después, la Biblia sigue siendo el libro más traducido de toda la historia humana, disponible hoy en miles de idiomas gracias a generaciones enteras de traductores que siguieron ese mismo impulso.
La Biblia dice en Hechos 2:6: “Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua”. (RV1960).