Prepararse para la travesía

El colibrí garganta de rubí pesa unos tres gramos, menos que una moneda de cinco centavos. Durante las semanas previas a su migración se alimenta sin descanso de néctar e insectos, hasta casi duplicar su peso. Gracias a esa reserva, muchos de ellos cruzan el golfo de México sin escalas, cerca de 800 kilómetros sobre el agua, en un vuelo de dieciocho a veinte horas. En mar abierto no hay flores ni ramas donde posarse; el colibrí vuela únicamente con lo que acumuló antes de partir.

La vida espiritual conoce travesías semejantes, momentos en los que no habrá tiempo para prepararse sobre la marcha. De ahí el valor de las temporadas tranquilas, cuando parece que no pasa nada. El Señor Jesús se apartaba con frecuencia a lugares desiertos para orar, y de esa comunión con el Padre salía fortalecido para los días más exigentes de Su ministerio.

Si hoy vives una temporada sin grandes desafíos, no la desperdicies. Llénate de la Palabra, persevera en la oración y cultiva la comunión con otros creyentes. Cuando llegue el mar abierto, volarás con las fuerzas que Dios te dio en la calma. Lo que se guarda en la calma sostiene en la travesía.

La Biblia dice en Salmos 84:5: “Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos”. (RV1960).

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