En la década de 1960, el ornitólogo Stephen Emlen llevó azulejos índigos, pequeñas aves migratorias de Norteamérica, al planetario de Flint, en Michigan. Bajo un cielo artificial comprobó que se orientaban por las constelaciones cercanas a la estrella polar, el punto alrededor del cual todo el firmamento parece girar. Sus experimentos revelaron, además, algo asombroso. Durante su primer verano, los polluelos aprenden a identificar el centro de rotación del cielo, el único punto que no se mueve, y en su primera migración se orientan a partir de él.
Aquellas aves aprenden temprano lo que a muchos nos toma años descubrir. En un mundo donde casi todo gira, necesitamos un punto fijo. Las opiniones, las modas y las emociones cambian de un día para otro, mientras la Palabra de Dios permanece. El apóstol Pedro la comparó con una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que amanece, y el Señor Jesús es el centro firme alrededor del cual todo lo demás encuentra su lugar.
Enseña hoy a tu corazón a reconocer el punto que no cambia. Dedica unos minutos a la Escritura antes de que el día comience a girar, porque quien fija la mirada en Cristo no se pierde en la noche.
Fija tu mirada en el centro que no se mueve.
La Biblia dice en 2 Pedro 1:19: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”. (RV1960).