En los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, el británico Derek Redmond corría la semifinal de los 400 metros cuando se le desgarró un músculo de la pierna. Se detuvo de dolor, pero siguió avanzando, cojeando. Entonces su padre, Jim Redmond, bajó de las gradas, apartó a los guardias de seguridad y llegó hasta él. Le dijo que no tenía nada que demostrar y que si quería terminar, lo harían juntos. Con el brazo de su hijo sobre el hombro, caminó a su ritmo hasta la meta mientras el estadio entero se ponía de pie.
Ese padre no caminó a su propio paso, sino al paso de su hijo herido. Así es el amor que Dios forma en Su pueblo. El apóstol Pablo enseñó que los fuertes deben soportar las flaquezas de los débiles, y el Señor Jesús se detuvo una y otra vez ante los heridos que encontraba en el camino.
Quizá hoy alguien a tu lado camina herido. No lo apures ni lo dejes atrás. Ofrécele tu hombro y acompáñalo a su paso. Amar es caminar al paso del que más lo necesita.
La Biblia dice en Romanos 15:1: “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos”. (RV1960).