Reconciliar

“Yo, reconciliarme con esa persona, ni loca(a) que estuviera”. Esa ha sido una respuesta recurrente que he recibido al compartir el consejo de “reconciliarse con otros”. Sin embargo, es muy desafiante en la práctica reconciliarnos con alguien que nos ha herido, mentido, traicionado o abusado de nosotros de alguna manera. Parece ser que la reconciliación es casi imposible.

De la misma manera, la relación entre Dios y la humanidad parecía irreconciliable. El ser humano trató una y otra vez de llegar a Dios, pero dichos intentos parecían ser fallidos. La relación entre Dios y la humanidad fue afectada desde el principio por el pecado. La desobediencia y la rebeldía del hombre hacia Dios lo apartaba cada vez más de Él. Sin embargo, Dios tenía un plan de reconciliar al mundo con Él a través de Su Hijo Jesús. Dios Padre, envió a Su único Hijo para proveer la manera de reconciliar al mundo con Él. En cierta instancia, lo irreconciliable tiene una oportunidad para alcanzar la reconciliación.

Dios ha abierto la puerta para reconciliarnos con Él. ¿Lo has hecho? Es más, Él nos ha dado la tarea de la reconciliación, ¿eres un reconciliador? La Biblia dice en 2 de Corintios 5:18, “Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (LBLA).

Reedificar

Hace poco visitamos con la familia el monumento que se hizo para conmemorar las muchas vidas que murieron en la tragedia del 9/11 en Nueva York en el año 2001. Al visitar dicho monumento y ver las fotos de este momento tan doloroso para la historia estadounidense, solo podía pensar en que años después, aunque se haya construido un monumento y el otro este en construcción, el sitio de la tragedia, ya es comúnmente transitado y visitado. Esto nos habla del principio de “reedificar”.

La historia es testigo una y otra vez de cómo naciones, civilizaciones y distintas regiones se han sobrepuesto a las guerras, a las tragedias naturales y a los accidentes criminales. Dios le ha dado al ser humano la capacidad de crear, reorganizar, diversificar, asignar y reconstruir. Después de las tragedias, hay una nueva oportunidad para construir de nuevo.

¿Qué necesitas reedificar en tu vida? Los patriarcas en el Antiguo Testamento reedificaron altares para adorar a Dios. Un hombre como Nehemías pudo liderar la reedificación del muro de Jerusalén. Otros como Josué, pudieron caminar sobre ruinas en la conquista y reedificar. Y tú ¿qué necesitas reedificar hoy?

La Biblia dice en Isaías 61:4 , “Entonces reedificarán las ruinas antiguas, levantarán los lugares devastados de antaño, y restaurarán las ciudades arruinadas, los lugares devastados de muchas generaciones” (LBLA).

Recapturar

“Recapturar”. Esta es una palabra compuesta que he escuchado en diferentes contextos y que me ha llamado la atención. Por ejemplo, algunos dicen: “Recaptura las ganas de vivir, recaptura tu propósito en la vida, recaptura tu amor en tu matrimonio, recaptura tu pasión por lo que haces, etc.” El recapturar es retomar algo que hemos dejado ir o que hemos dejado morir. El recapturar es volver a empezar, volver a evaluar, volver a intentar, volver a enamorarnos por la vida y por todo lo que esta conlleva.

Medita hoy en qué debes recapturar en tu vida. En otras palabras, ¿qué has dejado morir que no debiste dejar morir? ¿qué dejaste ir que no debiste dejar ir? ¿qué iniciaste que nunca terminaste? Esto puede ser una profesión, una vocación, unos estudios, un negocio, una relación, una iniciativa o una oportunidad que aún puedes explorar. Pregúntate ¿cómo lo puedo recapturar y cuándo lo podré hacer?

¿Qué podrías decir de tu relación con Dios? ¿Necesitas recapturar tu primer amor y pasión para servirle? ¿Necesitas seguirle de todo corazón como lo hacías antes? ¿Necesitas obedecerle sin reservas? Las respuestas a estas preguntas solo las sabes tú. Así que, deja que Dios te guíe y recaptura lo que necesites recapturar hoy. La Biblia dice en Isaías 40:29 , “Él fortalece al cansado y acrecienta las fuerzas del débil” (NVI).

Cambiar

“Cambiar, ¿para qué?” Esa es la respuesta de muchas personas que tienen problemas con el cambio. Aunque las cosas no estén funcionando, prefieren hacer lo mismo, obteniendo resultados muy pobres, pero conformes por temor al cambio. Sin embargo, el cambio es natural, bueno y muy enriquecedor. Por ejemplo ¿qué sería de las plantas si no crecieran y se convirtieran en árboles frondosos o en hermosas flores y rosales? ¿Qué sería del ser humano si no creciera y llegara a la madurez?¿Qué sería de la naturaleza si no tuviera las diferentes estaciones? ¿Qué sería de los animales si no fueran parte de una cadena alimenticia? En fin, el cambio es evidente e inevitable. La pregunta que surge es ¿por qué lo queremos evitar nosotros?

De modo que aquí te ofrezco tres pautas para recibir los cambios. En primer lugar, evalúa los tiempos, procesos y eventos que estás pasando actualmente en una manera objetiva. Segundo, evalúa el efecto que dicho cambio tendría en tus relaciones más importantes y en tu crecimiento personal. Tercero, toma en cuenta lo que dice la Palabra de Dios, otros creyentes y mentores maduros en la fe y nunca ignores la voz del Espíritu Santo.

La Biblia dice en Efesios 4:22-23, “22 desháganse de su vieja naturaleza pecaminosa y de su antigua manera de vivir, que está corrompida por la sensualidad y el engaño. 23 En cambio, dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes” (NTV).

Oscuridad

Hace poco al visitar la selva, recordé lo que se sentía dormir en completa oscuridad al despertarme durante altas horas de la noche. Lo instintivo del ser humano es buscar un poco de luz en medio de la oscuridad, ya que una pequeña luz en medio de un lugar totalmente oscuro, suele brillar de una manera impresionante. Una pequeña lámpara marca la diferencia cuando se está caminando en la oscuridad de la noche.

Esto me puso a pensar en la luz que irradiamos como hijos de Dios. Nosotros somos esa luz que alumbra desmedidamente en la oscuridad. Somos el punto de referencia para los perdidos. Somos la llama encendida para el que tiene frío. Somos la lámpara en el camino para el desubicado. Somos la esperanza para los ciegos. Somos la guía para los que pueden ver, pero andan desorientados. Somos la esperanza para el que se encuentra caído. Somos la paz para el que está oprimido y la confianza para el que se encuentra entristecido.

Entonces ¿cómo estás dejando brillar tu luz? ¿estás dejando que otros sigan la luz de Cristo en ti o estás escondiendo el poder de la luz que hay en ti? ¿cómo puedes hacer para que brille aún más? Recuerda que somos la luz en un mundo lleno de oscuridad. La Biblia dice en Mateo 5:15, “Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa” (NTV).

Abrumado

¿Te has sentido abrumado, con dolor de cabeza y con ganas de todo menos de seguir con lo que estás haciendo? Creo que este es un sentimiento que todos hemos experimentado. Nos abrumamos por las muchas ocupaciones, por todas nuestras relaciones, por nuestras emociones, por nuestro presente o por nuestro futuro que puede ser desafiante. Como dijo José Mujica: “Estoy muy contento con el hoy, me tiene abrumado el pasado mañana”. La conclusión es que los problemas te abruman hoy en día, pero si te dejas agobiar demasiado, no serás capaz de salir de ninguno de ellos.

¿Cuál es la solución? He aquí algunas pautas: detente por un momento para reflexionar en las causas de tu gran preocupación. Determina las cosas que podrías llegar a cambiar y deja ir las cosas que no podrás cambiar. Pregúntate si eres parte del problema o parte de la solución. Busca el consejo sabio de alguien maduro en la fe. Pídele paz a Dios y fortalécete en el poder de Dios y no en el tuyo. Espera un tiempo y verás que poco a poco las cosas serán diferentes. Finalmente, toma una postura de fe, lee la Palabra de Dios para buscar dirección y ora constantemente para experimentar lo sobrenatural en medio de cada una de tus situaciones.

La Biblia dice en Jeremías 17:7, “»Pero benditos son los que confían en el Señor y han hecho que el Señor sea su esperanza y confianza”, (NTV).

No Pasa Nada

“No pasa nada”. Esta es una frase que se usa comúnmente en el área donde vivo. Lo que quiere decir es que “todo está bien o estará bien”. Otros dicen: “Todo tranquilo”, para comunicar de que las cosas están o van bien. Pero, de verdad ¿todo está bien? Esa es en realidad la respuesta rápida y cotidiana. Sin embargo, nos podemos estar desmoronando y decir que todo está bien cuando en realidad, no es así.

La verdad es que todos los días pasamos por algo. El día que no nos pase nada es porque estaremos algunos metros bajo tierra. La vida está llena de sorpresas, de altos y bajos, de incertidumbres, de victorias y de algunas derrotas. Nos pasan muchas cosas en el día a día. No obstante, debemos aprender a que no se nos pase la vida esperando los mejores tiempos, porque quizá ya los estemos viviendo. Como dice otra frase: “El problema no es tanto lo que nos pasa, sino lo que somos capaces de hacer con lo que nos pasa”.

De modo que pase lo que pase debemos ser estudiantes de la vida, porque si nos pasamos la vida esperando a que algo pase, lo único que se pasará será la misma vida. La Biblia dice en el Salmo 28:7, “El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias” (NIV).

Sin Ganas

¿No tienes ganas? ¿estás desganado? O como dicen por ahí: “¿estas sin ganas?” La verdad es que muchas cosas en la vida se hacen “sin ganas”. Si las ganas fueran un requerimiento para lograr grandes cosas, no haríamos muchas de las cosas que comúnmente hacemos. Muchas cosas se hacen por obediencia y no por como nos sintamos en un momento en particular. Es en la obediencia donde Dios nos da las fuerzas para proseguir. De modo que aquí hallamos un principio fundamental que dice: “La mayor parte de las cosas que hacemos, no las hacemos porque tenemos las ganas de hacerlas, sino porque debemos hacerlas”. Es decir, aunque carezcamos de ganas, la obediencia nos premia deliberadamente.

La obediencia tiene dividendos eternos y beneficios a corto y a largo plazo. Puede que hayan cosas que no deseas hacer o que no tengas ganas de hacerlas, sin embargo, sabes que al hacerlas, recibirás muchos beneficios y ricas bendiciones. Si a esto se le aúnas el esfuerzo, la dedicación, el sacrificio y la entrega, desarrollarás características fundamentales para fomentar un espíritu vencedor en la vida.

Así que, “con ganas o sin ganas”, seamos obedientes a la Palabra de Dios, a Sus principios y a Sus caminos. Los beneficios de la obediencia serán testimonio de esta linda decisión. La Biblia dice en 1 de Samuel 15:22b, “¡Escucha! La obediencia es mejor que el sacrificio, y la sumisión es mejor que ofrecer la grasa de carneros” (NTV).

Ya No Puedo Más

“Ya no puedo más”. Esa es la expresión que comúnmente usamos cuando estamos cansados o agobiados por algo o por alguien en particular. Es una manera de decir que ya no podemos seguir adelante o como se dice comúnmente que “queremos tirar la toalla”. En relación a este dicho, me llamó la atención otro lema que se escribió en respuesta a este que dice: “Si vas a tirar la toalla, que sea en la playa”. En otras palabras, no debemos dejar de persistir, de proseguir y de insistir. Debemos dejar atrás el “ya no puedo más” y reemplazarlo por un “puedo un poco más”. Pero ¿cómo hacerlo?

En primer lugar, debemos conocer nuestros límites. Debemos saber hasta dónde podemos comprometernos y en qué capacidad podemos hacerlo. Segundo, debemos hacer cosas que vayan de acuerdo a nuestras habilidades. De esta manera, habrá un sentido de retroalimentación que nutrirá el todo de nuestro ser aunque nos cansemos físicamente. En tercer lugar, debemos aprender a decir “no”. No todo lo que podemos hacer, debemos hacerlo. Es preciso evaluar los tiempos y los compromisos que tenemos para no sobre comprometernos.

Finalmente y principalmente, debemos pedir dirección a Dios para poder descansar en Él, recibir las fuerzas y sabiduría en lo que hacemos y confiar que nuestro futuro esta en Sus manos. La Biblia dice en 1 Juan 5:4 , “¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (NVI).

En Momentos Así

Recuerdo en la infancia cuando mi madre entonaba un canto que dice: “En momentos así, levanto mi voz, levanto mis manos a Cristo” Más adelante dice: “Cuánto te amo Dios, cuánto te amo Dios, cuánto te amo, Cristo te amo”. Esta es una gran verdad. Hay momentos donde solo podemos levantar nuestras voces y nuestras manos en rendición total a Dios. Se nos suelen acabar las palabras, podemos estar cansados, pero reconocemos que le amamos.

El levantar nuestra voz significa comunicarnos de corazón con nuestro Señor. Significa expresarle de lo más profundo de nuestro corazón lo que hay en nuestro ser. No importando cómo nos sintamos, lo importante es “expresarnos delante de Dios”. El levantar las manos es una señal de “rendición y sumisión”. No es un rito religioso, sino una expresión externa del interior. Cuando un ejército se rendía en la guerra, usualmente levantaban las manos y se inclinaban ante sus oponentes. En la vida cristiana, debemos rendirnos delante de Dios. Debemos reconocer que no podemos solos en esta batalla y en humildad admitir que necesitamos de Él.

No sé qué momento estás pasando hoy, pero sí estoy seguro que si levantas tu voz y te rindes a Dios, Él te ayudará a seguir adelante en la batalla diaria de la fe. La Biblia dice en Salmos 141:2, “Suba mi oración delante de ti como el incienso, El don de mis manos como la ofrenda de la tarde.” (NTV).