Sin Ganas

Hay muchas cosas que se hacen sin ganas. Hay gente que se levanta sin ganas, que va a su trabajo sin ganas, que estudia sin ganas, que juega sin ganas, que fomenta relaciones interpersonales sin ganas, que vive una vida espiritual sin ganas, en fin, viven una vida “sin ganas”. Usualmente estas personas viven sin propósito y carecen de pasión en lo que hacen. Son personas que han perdido su enfoque y se desubican fácilmente con las múltiples distracciones que se presentan en la vida.

La naturaleza pecaminosa que poseemos los seres humanos contribuye a que no tengamos ganas para hacer lo bueno, ni para poner nuestro mejor esfuerzo en las tareas cotidianas. Parece ser que nuestra misma carne se confabula para que no hagamos el bien que queremos hacer. El apóstol Pablo experimentó esto y nosotros también lo experimentamos día tras día. Entonces, ¿qué podemos hacer? Bueno, con ganas o sin ganas, recuerda que Dios premia la obediencia, exalta la fidelidad y rechaza los sacrificios en vano. Así que como dicen mis hermanos mexicanos: “Echémosle muchas ganas”. La Biblia dice en Romanos 8:1, “Ahora, pues ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”, (RV1960).

Creer

Creer es esencial para nuestra vida. Creer es el propulsor que nos levanta de algo o el distractor que nos desenfoca en nuestras tareas diarias. Creer es no solo conocimiento, sino conocimiento combinado con fe que resulta en una acción. Sin embargo, creer es su máxima expresión es conocer. Cuando la creencia se transforma en conocimiento, nuestra vida puede llegar a ser totalmente cambiada.
Por ejemplo, cuando pasamos por un momento trágico o una prueba difícil, tenemos la creencia y la fe de que todo saldrá bien de acuerdo a los planes de Dios. Aunque durante el proceso tengamos altos y bajos, dudas, cuestionamientos y demás, al salir de dicha prueba, no salimos solamente creyendo que Dios es real y que puede obrar proezas en nuestras vidas; salimos conociendo al Dios real que hace milagros, que calma nuestras ansiedades, ilumina nuestras oscuridades, limpia nuestros pecados, corrige nuestro andar y sana nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu. Pasamos de una creencia conceptual a un conocimiento vivencial del poder de Dios.
La pregunta que surge es, ¿en qué o en quién crees? Si crees solo en ti mismo y en algunos a tu alrededor, saldrás defraudado. Si crees en Dios, nunca más serás igual. La Biblia dice en Juan 11:25, “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto” (NTV).

Esperanza

Una vez escuché una frase sobre la esperanza de la cual tomé nota que dice: “La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”. La esperanza va relacionada con lo que esperamos día tras día. Entonces, ¿qué esperas? Hay personas que esperan cosas irreales y fantasiosas, pero hay otras que trabajan día a día para que dichas cosas se hagan realidad.
La esperanza nos mueve hacia la acción. No podemos esperar que algo pase por accidente, sino más bien poner empeño y esfuerzo para que pueda llegar a suceder. Es verdad que no basta solo con el esfuerzo, pero sin el intento y el trabajo, la espera puede llegar a ser mucho más prolongada. La esperanza es la antesala de la fe, porque en la espera de que algo suceda la fe se fortalece y cree que sucederá. Por otro lado, la valentía es trabajar para verlo transformarse en una realidad.
De modo que, sé esperanzado cuando te encuentres débil, ten esperanza cuando tengas miedo y sé humilde cuando tu espera haya acabado. Con dicen por ahí: ¨La esperanza es lo último que se pierde¨, sobre todo mientras esperas en Dios. La Biblia dice en el Salmo 27:14, “Espera con paciencia al Señor; sé valiente y esforzado; sí, espera al Señor con paciencia” (NTV)

Inmerecedores

“Quiero, puedo y me lo merezco”, esta es la frase lema de muchas personas quienes consciente o inconscientemente viven de esta manera. Piensan que pueden tener todo lo que quieren, porque se lo merecen. No hay nada malo con querer, hacer y obtener cosas en la vida. El enfoque erróneo radica en pensar que todo lo merecemos cuando no es así.

La verdad es que la mayor parte de las cosas que tenemos en la vida no las obtenemos porque las merezcamos. Usualmente son el producto del esfuerzo, pero en otras ocasiones, es solo por gracia de Dios que las podemos tener. Esto nos hace inmerecedores. Quizá hayan otros quienes por su comportamiento, sus esfuerzos, su preparación y sus experiencias, califiquen para merecer lo que Dios te ha dado a ti. Sin embargo, lo que tu tienes y lo que eres se te ha sido dado a ti y a nadie más.

Debemos agradecer que aunque seamos inmerecedores, Dios por Su gracia nos ha dado muchas cosas sin merecerlo. Haz una lista de todas las cosas que Dios te ha dado y te darás cuenta que saldrás admirado de tanto que se te ha dado a ti y a todos los que están alrededor tuyo. La Biblia dice en Hebreos 4:16, “Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos”. (NVI)

Aunque No Lo Creas

¿Te has presentado con situaciones que no puedes creer? Es más, muchos conocemos la expresión que dice: “Aunque no lo creas”. Esto transmite la idea de que aunque algunas cosas parecen ser increíbles, estas pueden llegar a ser toda una realidad. Por ejemplo, aunque no lo creas, no hay nadie como tú. Aunque no lo creas, eres diseño único y eres amado con un amor incondicional, inquebrantable e inmensurable. Aunque no lo creas, eres un ganador desde el día de tu concepción. Aunque no lo creas, no eres producto de un accidente, eres alguien especial porque tienes un propósito específico que nadie puede completar por ti.
Aunque no lo creas, eres alguien importante ante los ojos de Dios. Tanta fue la importancia que te dio que decidió enviar a Su único Hijo para poder tener una relación contigo. Aunque no lo creas, el Hijo de Dios murió en tu lugar pagando una condena que tú merecías, pero también resucitó. Al hacer esto, te dio la posibilidad de llegar a tener una vida eterna, y aunque no lo creas, a través de Él puedes entrar al cielo.
Aunque no lo creas, el Creador de universo te amó y te ama tanto que tiene los mejores intereses para ti hoy y el día de mañana. Aunque no lo creas, Él desea perdonarte, darte una oportunidad y tener una relación personal contigo. ¿Deseas conocerle? La Biblia dice en 1 Juan 5:20a, “20 Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento, para que podamos conocer al Dios verdadero” (NTV).

Creciendo

Algunas personas solo pasan por la vida, pero otras crecen a través de su vida. El calendario nos garantiza cada día que crecemos y nos estamos envejeciendo o como dicen ahora: “estamos ganando más edad”. No nos necesitamos levantar en la mañana y decir: ¿Cómo hacemos para que el día de hoy suceda? Simplemente los días pasan y queramos o no, estamos añadiendo años a nuestra vida. Entonces la diferencia entre una persona que solo pasa por la vida y otra que crece a través de su vida se resume en una solo palabra: “Aprendizaje”. La persona que solo pasa por esta vida no hace preguntas, no desea aprender de sus errores, no desea someterse a la autoridad, no desea estudiar, no quiere aprender y vive su vida con el emblema “que pase lo que pase o lo que tenga que pasar”. Sin embargo, la persona que crece en la vida entiende que debe pasar por la vida aprendiendo en cada momento. La vida es entonces un viaje de espionaje, aprendizaje y crecimiento.

El crecimiento siempre cuesta. Bien sea un conocimiento formal a través de una formación académica, pero sobre todo cuesta en las experiencias que nos trae la vida. Entonces, hay una pregunta clave que nos podemos hacer y es: ¿Qué he aprendido, puedo aprender o aprenderé de está situación en mi vida? Si es un acierto o desacierto cuando se toma como aprendizaje siempre se convierte en un crecimiento.

¿Deseas añadirle valor a tu vida al crecer o solo deseas pasar por la vida sin aprender? ¡La decisión es solo tuya! La Biblia dice en Filipenses 4:11a, “Pues he aprendido a contentarme, cualquiera y sea mi situación” (RV1960).

Cambios Personales

Una vez escuché una frase que me puso a pensar que dice: “Una persona cambia por dos razones: Porque aprendió demasiado o porque sufrió lo suficiente”. Creo que este mensaje no está nada descabellado ya que usualmente cambiamos por conocimiento, por decisión propia o por las circunstancias que atravesamos en nuestro diario vivir. Aunque no nos gusten los cambios, la vida misma se encarga de hacernos cambiar voluntaria o involuntariamente.

Los cambios personales son un ejemplo de esto. Puedes seguir siendo la misma persona de siempre, pero las experiencias, el conocimiento y las situaciones del diario vivir, nos enseñan ricas y gratas lecciones. Es más, Dios desea que poco a poco vayamos cambiando para bien en nuestro crecimiento espiritual. Él desea que pasemos de le inmadurez a la madurez. Él desea que seamos moldeados para ser cada vez mejor y para que hagamos Su voluntad.

De modo que si batallas con aquello de los cambios, solo piensa que en las manos de Dios todos los cambios obran para bien. Él desea que seas la pieza perfecta que encaja en el diseño y en los grandiosos propósitos que ha trazado para ti. Entonces, ¿dejarás que Él te cambie para bien? La Biblia dice en 2 Corintios 3:18, “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (RV1960).

Debilidad

¿Te has sentido débil? ¿Has sentido que tus fuerzas decaen y que ya no puedes hacer lo que Dios te ha mandado a hacer? ¿Te ha agobiado la debilidad y piensas que ya no tendrás nuevas fuerzas? Si te has sentido o te sientes así, entonces, te tengo buenas noticias: ¡La raza humana es débil y frágil! Todos, sin excepción, experimentamos debilidad en alguna área de nuestra vida. A diario nuestro cuerpo se renueva porque algunas células mueren constantemente. La realidad es que de la debilidad muchas veces nace la fortaleza.

Dios nos ha hecho fuertes, pero a su vez, débiles. Nacemos débiles y dependientes de otro ser humano que nos cuide y nos alimente. Nuestro cuerpo se enferma, se recupera, se cansa, pero también se fortalece. La vida es una constante que yace entre estos dos extremos, nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Las personas que no reconocen sus debilidades, se están perdiendo de desarrollar al máxime sus fortalezas. Por otro lado, aquellos que piensan que solo tienen fortalezas, serán sorprendidos cuando se den cuenta lo débiles que también son.

Debemos pedirle a Dios que nos enseñe en nuestras debilidades y que nos fortalezca diariamente para hacernos fuertes. ¿Dejarás que Él tome tus debilidades y te haga fuerte? La Biblia dice en Joel 3:10b, “…diga el débil: Fuerte soy” (RV1960).

Desánimo

Alguien dijo que el desánimo y los fracasos son dos piedras seguras en el camino hacia el éxito. El desánimo es inevitable y parece que llega en los momentos menos esperados o indicados. Puedes amanecer con todo el ánimo arriba, pero las circunstancias, las noticias y los grandes desafíos parecen confabularse para desanimarnos.

El desánimo se suscita muchas veces por las pérdidas, las rupturas o alguna desilusión. Sin embargo, el desánimo puede convertirse en la antesala de tus más grandes éxitos y de tus más contundentes victorias. El desánimo es inherente al ser humano, así que el éxito en la vida no radica en vencerlo todo, ni en evitar desanimarnos, al contrario, radica en hacer del desánimo un tiempo para recobrar el ánimo y poder fortalecernos.

El antídoto del desánimo se llama “valor”. Dios desea que seamos valientes. Él desea darnos de Su fortaleza para romper con todo el desánimo que estemos experimentando, ¿dejarás que Él te anime hoy? La Biblia dice en Deuteronomio 31:8, “8 El Señor mismo marchará al frente de ti y estará contigo; nunca te dejará ni te abandonará. No temas ni te desanimes”, (NVI).

Confrontar

¿Te gusta ser confrontado por algo que hayas hecho mal? ¿Cómo recibes la confrontación de parte de otras personas alrededor tuyo? ¿Cómo respondes a las confrontaciones inesperadas? Creo que todos hemos sido confrontados una u otra vez, pero la respuesta a dichas confrontaciones, ha marcado la diferencia. Algunas veces recibimos bien las confrontaciones de otros, en otras ocasiones, no sabemos cómo responder o reaccionamos de manera inapropiada.

Entonces, ¿cómo enfrentar las confrontaciones? En primer lugar, debemos reconocer que tendremos diferencias inevitables porque somos diferentes, únicos e irrepetibles. Entonces, hay que evaluar de dónde proviene dicha diferencia y afrontarla como tal. En segundo lugar, un error que constantemente cometemos es tomar las confrontaciones de manera muy personal. Cuando es así, le damos rienda suelta a nuestras emociones y reaccionamos usualmente a la defensiva. En tercer lugar, es importante aprender de las diferencias, construir sobre ellas y enriquecernos después de haber tratado con nuestras confrontaciones de una manera saludable.

De modo que, aprendamos de los errores del pasado y recibamos las confrontaciones de la mejor manera posible. Yo digo: “Una confrontación funciona como una construcción”. Hay algo bueno que se puede construir de ella. La Biblia dice en Mateo 18:15, “Si un creyente peca contra ti, háblale en privado y hazle ver su falta. Si te escucha y confiesa el pecado, has recuperado a esa persona” (NTV).